“¡me cachis en la mar salada!”
Hay ciertas personalidades públicas que me entusiasman por lo que pueden llegar a contribuir a mi vida, podría aplicárseme el término fan (apócope de fanático): Ser un preadolescente y adolescente y ver que de pronto al comentarista de deportes más importante del país, al cuál acostumbras ver todas las tardes, se le sale el filólogo y suelta expresiones como… “¡me cachis en la mar salada!” Se dice “ter-gi-ver-sar” de “tergi-versare” (confundir términos) como estudiante adolescente te nutre bien y piensas: el que está hablando es muy preparado, habrá que ponerle atención y aprenderle.
Pero de ser entusiasta de un personaje público a volverse un fanático religioso que defienda incluso a costa de la propia valía o identidad las ideologías de líderes supuestamente imbuidos en el misticismo, hay una gran diferencia.
Pero de ser entusiasta de un personaje público a volverse un fanático religioso que defienda incluso a costa de la propia valía o identidad las ideologías de líderes supuestamente imbuidos en el misticismo, hay una gran diferencia.
Como fanático de los primeros, siempre me enfadó llegar al puesto de periódicos y encontrar vetada, negada, la publicación de deportes por su línea editorial.

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